Poetas leen poesía

Carla Sagulo habla de un poema de José Watanabe

Piedra de cocina

I

Esto sucede en la cocina cada domingo:
mi hermana secciona en presas
tiernos cabritos y conejos.
Los animales, despellejados sobre la tabla,
proverbialmente vivaces y elásticos,
parece que guardaron memoria de su muerte
que aquí se prolonga.

Mi hermana, en su crueldad funcional y sin pesar,
compromete a una piedra, la hace cómplice.
Es un canto rodado negro
con el que golpea el lomo del cuchillo.
Las presas adobadas
se hacen en el fuego manjar familiar, tribal,
que en la mesa bendecimos
con vino
y sin escrúpulos.

II

Es más fácil coger un cuchillo de día que de noche,
o una taza, o un azucarero.
De día las cosas son dóciles, se avienen
a nuestro dominio.
De noche, en el silencio y la penumbra, nos resisten,
tienen otro peso, decantan su porte, aunque algunas
se revelan más fáciles.

Esta noche distinguí en la cocina
el canto rodado negro. Era
un pequeño animal que se abrazaba fuertemente
a sí mismo
o se devoraba hacia dentro
en su apretada intimidad.
No era la piedra dura que golpea el lomo del cuchillo
y destaza
los animales de la comida.
Yo la oí llorar y era blandita.

De La piedra alada, Pre-textos/Bajo la luna, Buenos Aires, 2009

 

Sobre Piedra de cocina dice Carla Sagulo:

Casi todos los poemas de La piedra alada de José Watanabe parten de una imagen precisa, o llegan a ella luego de una breve introducción narrativa, en la que nada sobra tampoco. Forma parte de esta imagen primordial una piedra, que suele estar personificada de una u otra forma: puede ser una madre, una hermana; puede ser capaz de decir o de llorar, como en el caso de «Piedra de cocina». En este poema, a diferencia de otros de la serie, la personificación ya no es solo un recurso poético (puesto en cuestión, por otra parte, en poemas como «La piedra del río»), sino la forma de dar cuenta de un universo rural del que el animismo sigue siendo, aún desdibujado, un componente importante, a la par de la liturgia dominical del sacrificio de animales para el sustento de la familia, entendida como tribu.
En este universo, la noche es capaz de trastocar los objetos, las identidades. La piedra de cocina se vuelve animal inofensivo, doliente, porque el objeto observado nos devuelve una mirada sobre nosotros mismos: cómplices, víctimas y victimarios. De la observación, se desprende la reflexión: la tristeza de la piedra, su dolor, es el dolor del poeta, es el dolor del mundo, rural o no.

 

Carla Sagulo nació en Buenos Aires en 1977. Publicó El vino de la casa (Ediciones VOX, Bahía Blanca, 2007), Fuego chico (Nulú Bonsai Editora, Buenos Aires, 2009) y Toro (Felicita Cartonera, Asunción 2011/Nulú Bonsai, Buenos Aires, 2015). Es Profesora en Letras por la UBA y dicta talleres de lectura y escritura en distintos ámbitos.

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